Quisiera mucho que fuera irrevocable, quisiera quererle como me quiere. Porque aunque sé que no lo hará me gustaría que volviera y la odio por eso, porque me tiene enfermo, con la sensación horrorosa de que ha sido todo en vano.
Tanto querer, tanta inversión en amar, tantas llamadas hechas, ¡intentos, intentos, intentos! intenciones tácitas que han acabado, que me desgastaron un poco. Ya no nos tenemos y sin embargo sigo viéndola en fotografías y sigo pensando que es mía.
Yo como el más enamorado de los tontos, con la estúpida esperanza de recibir una llamada mágica en la que se disuelva este odio: la odio y me odio porque no puedo dejar de quererla tan fácilmente como hizo ella.
Quererla era doloroso, ahora es inútil y recalcitrante.
Palabras tantas al aire, un olor, un peso, muchas costumbres, años en la basura. Lloremos, cada quien en su rincón. Lloremos porque uno quiere y el otro no. Que así se acabe. Y silencio.
Sin saber el futuro, Lola le decía a su P. Sadnerson: — Tú no lo sabes, pero a veces creo que el cielo es de verdad un firmamento, donde Dios ha anotado todos sus planes, claro, los menos importantes. Soren, las antiguas culturas al descifrar el código estelar, debieron faltar al respeto de lo privado y por eso los mayas desaparecieron ¿no crees? Además el smog nos oculta las estrellas, es decir, ya ni una ni otra cosa Soren P. : ni admirar la belleza, ni morbosear sus secretos. ¿Qué tienen las estrellas? ¿tú sabes Soren? Y es que algunas sirenas las tienen sumergidas; algunas mujeres quieren que las bajen para meterlas en cajones…— acababa divagando. — Debe saber el hurón Lola, él es su vecino. Hoy debe ser el tercer día de luna llena así que tal vez podamos verlo.— Soren subió los crujientes escalones y retocó seis veces el espejo del ropero, pero no salía; a Lola se le ocurrió que tal vez se estaba disfrazando para salir a trabajar, Herr P. Sadnerson tuvo que hacerle notar a la ni...
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Sí, yo puedo reconocerme en el querer pero puedo admitir ahora que he fracasado.