Ya había soñado con ella, muchas veces; y no me refiero a que era una fantasía, existía por ahí con todo el mundo, con sus pantalones a cuadros.
Los sueños. Hay de dos, los de cama y los de dormir; a él se le antojaban las dos cosas en una misma persona y en una misma realidad, algo le hacía sospechar que era verdadera y a la vez se sorprendía de lo inesperada de su llegada… bueno de su regreso, que no era un regreso, era más como un volverse a ver.
Era y para ser con ella, tenía que dejar de ser-lo y ella también. En eso se transformaron, junto con los árboles y lo más terrible que se puede ser: un estúpido Werther.
Al parecer ha mutado en un ser-lo: lo que ha de olvidarse, lo que ha de lamentarse, lo que ha de perder visibilidad mental con el andar de los benevolentes días, para no ser terriblemente otra.
Los sueños. Hay de dos, los de ojos abiertos y los de ojos cerrados, y ella vive entre los dos, esperando.
El orgullo viene en paquetes de 12, se acaba con cada fumada de ansiedad; también viene en paquetes de 8 – como las salchichas – se acaba con cada mordisco de desasosiego. Los peces no vienen en paquetes, vienen en cardumen o engramados en sus bolsas cadavéricas. Descansan. Ahí quietos en el fondo de la pecera parecen muertos, no parpadean. Los peces vuelan en cámara lenta, hacen sobrias acrobacias. La vanidad es un gas apestoso que viene en los más diversos frascos, cada mililitro es veneno que, disuelto en los pulmones, invade cada célula del cuerpo. Inocua para pocos, nociva para mi. Cuando era una pequeña niña mi padre llevó a la familia al barrio chino, entramos a un restaurante en el que tenían una pecera gigantesca. Vi que los peces se deslizaban con la mirada perdida y su mente en quien sabe que, así como yo casi todo el tiempo. El deseo es muy caro, viene en paquetes individuales. Complacer cada uno de nuestros deseos nos sumerge en vicio sañoso ...
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