Existían infinitas posibilidades, pero yo acabé con ellas.
Teobaldo era su nombre porque un día lo escribió en el espejo empañado del baño. El baño de su casa era antiguo, tenía una tina grande con una cortina de animales prehistóricos (quizá ni eran animales), la ventana estaba junto a la tina y solamente por eso se me antojaba bañarme en ella. Renuncié a ella, a la posibilidad de sumergirme detrás de la animálica tela plástica.
Cambié las posibilidades por una decisión: me voy a desaparecer.
Me subí al carro un poco feliz y con la certeza de que estaría bien, él y yo también. Llamó, creo que al día siguiente, pero no contesté, no volvió a marcar, yo nunca regresé la llamada. En verdad lo saqué de mi cabeza, pero el hado de los cuentos lo introdujo otra vez, con la posibilidad de cruzar saludos ocasionales en fiestas planeadas, no por terceros, sino por quintos y enésimos. Evite dichos sucesos.
A razón de eventos ajenos a estas letras, di cuenta, en una conversación muy Virginia Woolf, que extraño a Teobaldo, y no quiero que se piense que lo he extrañado, no, nada más en ese momento lo extrañé, tanto que lo busqué en la casitodopoderosa internet, lo hallé en forma de letras. Y no quiero generar confusión, no me gusta, no quiero reintentar la cosa rara y sin sentido que intentamos hace unos años, no.
Extrañé el intercambio de películas, los programas de radio, los cigarros, el intercambio de vomito literario, las salidas a hacer nada, las conversaciones. Sobre todo eso, platicar de lo que sea, de mi bestiario, de su padre, de su milenaria exnovia-novia, de porque otra vez ya no me casé, los gatos, Cortázar, el sushi.
El orgullo viene en paquetes de 12, se acaba con cada fumada de ansiedad; también viene en paquetes de 8 – como las salchichas – se acaba con cada mordisco de desasosiego. Los peces no vienen en paquetes, vienen en cardumen o engramados en sus bolsas cadavéricas. Descansan. Ahí quietos en el fondo de la pecera parecen muertos, no parpadean. Los peces vuelan en cámara lenta, hacen sobrias acrobacias. La vanidad es un gas apestoso que viene en los más diversos frascos, cada mililitro es veneno que, disuelto en los pulmones, invade cada célula del cuerpo. Inocua para pocos, nociva para mi. Cuando era una pequeña niña mi padre llevó a la familia al barrio chino, entramos a un restaurante en el que tenían una pecera gigantesca. Vi que los peces se deslizaban con la mirada perdida y su mente en quien sabe que, así como yo casi todo el tiempo. El deseo es muy caro, viene en paquetes individuales. Complacer cada uno de nuestros deseos nos sumerge en vicio sañoso ...
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