Arriesgar un poco más, ya no es opción ni buena idea cuando se ha perdido casi todo. Cuando de un mismo queda poco, lo que se busca es no ceder, ni diezmar, mucho menos compartir.
Eludir, transmutar en lo deseado es tan perverso ¿no es así? A menos que se cuente con ayuda divina, ¿no es absurdo esperar lo más inhumano de alguien? Y aun así que desagradable conocer lo más humano del interlocutor.
No es que desee un teatro, ni mentira. Quiero silencio, como Juana Gallo con Little Joshep, y hasta ella tuvo que aplicar un ligero e inocente correctivo… a quien engaño, no hay inocentes, no justos, sólo relaciones desniveladas.
Ceder, transferir (rindiéndose) cierta cantidad de voluntad.
Conceder, entregar (bajo negociación) un algo que un alguien desea.
Mejor silencio, obvio y confortable. Así ya no hay desgaste, nadie se termina.
El orgullo viene en paquetes de 12, se acaba con cada fumada de ansiedad; también viene en paquetes de 8 – como las salchichas – se acaba con cada mordisco de desasosiego. Los peces no vienen en paquetes, vienen en cardumen o engramados en sus bolsas cadavéricas. Descansan. Ahí quietos en el fondo de la pecera parecen muertos, no parpadean. Los peces vuelan en cámara lenta, hacen sobrias acrobacias. La vanidad es un gas apestoso que viene en los más diversos frascos, cada mililitro es veneno que, disuelto en los pulmones, invade cada célula del cuerpo. Inocua para pocos, nociva para mi. Cuando era una pequeña niña mi padre llevó a la familia al barrio chino, entramos a un restaurante en el que tenían una pecera gigantesca. Vi que los peces se deslizaban con la mirada perdida y su mente en quien sabe que, así como yo casi todo el tiempo. El deseo es muy caro, viene en paquetes individuales. Complacer cada uno de nuestros deseos nos sumerge en vicio sañoso ...
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