Ir al contenido principal

Entradas

MUJER DE VIENTO

Ya había soñado con ella, muchas veces; y no me refiero a que era una fantasía, existía por ahí con todo el mundo, con sus pantalones a cuadros. Los sueños. Hay de dos, los de cama y los de dormir; a él se le antojaban las dos cosas en una misma persona y en una misma realidad, algo le hacía sospechar que era verdadera y a la vez se sorprendía de lo inesperada de su llegada… bueno de su regreso, que no era un regreso, era más como un volverse a ver. Era y para ser con ella, tenía que dejar de ser-lo y ella también. En eso se transformaron, junto con los árboles y lo más terrible que se puede ser: un estúpido Werther. Al parecer ha mutado en un ser-lo: lo que ha de olvidarse, lo que ha de lamentarse, lo que ha de perder visibilidad mental con el andar de los benevolentes días, para no ser terriblemente otra. Los sueños. Hay de dos, los de ojos abiertos y los de ojos cerrados, y ella vive entre los dos, esperando.

Irrevocable

Quisiera mucho que fuera irrevocable, quisiera quererle como me quiere. Porque aunque sé que no lo hará me gustaría que volviera y la odio por eso, porque me tiene enfermo, con la sensación horrorosa de que ha sido todo en vano. Tanto querer, tanta inversión en amar, tantas llamadas hechas, ¡intentos, intentos, intentos! intenciones tácitas que han acabado, que me desgastaron un poco. Ya no nos tenemos y sin embargo sigo viéndola en fotografías y sigo pensando que es mía. Yo como el más enamorado de los tontos, con la estúpida esperanza de recibir una llamada mágica en la que se disuelva este odio: la odio y me odio porque no puedo dejar de quererla tan fácilmente como hizo ella. Quererla era doloroso, ahora es inútil y recalcitrante. Palabras tantas al aire, un olor, un peso, muchas costumbres, años en la basura. Lloremos, cada quien en su rincón. Lloremos porque uno quiere y el otro no. Que así se acabe. Y silencio.

Repetidero

1 Es un verdadero misterio. Traté muchos años, busqué debajo de su ropa sucia, entre las pelusas de su sleepingbag (el cual usaba de cobija), en las botellas de Corona abandonadas en la cocina, y nada. No lograba comprender el aciago afecto que me profesaba cada de vez en cuando. Así era de inconstante, distante y de repente muy cercano, demasiado. Llegaba después de meses de silencio o de vacaciones existenciales: “Ya regresé, han pasado muchos días, lo sé, pero ya estoy aquí y tu también… y yo sólo quiero estar contigo”. Al principio yo me dormía primero, el veía la televisión y luego a media noche me sorprendía con un abrazo limosnero. Con los años aprendí a dormir después, así entonces escarbaba entre sus libros, en el botiquín de aquel baño antiguo, despertaba al Señor Cortázar y le preguntaba: ¿lo ha visto? Y él siempre contestaba lo mismo: No puedes, por razones técnicas1. Y así fue, por razones técnicas deje de despertarme para buscarle a escondidas, así que los últimos años le...

EN UN LUGAR TERRIBLE

Hay frases que escucho mucho, a veces demasiado, como “así soy yo”, “siempre”, “nunca”, “anda en el mundial”. ¿Cómo? “Andar en el mundial”, es una frase que se usa para hablar de personas que han creído en Cristo y que viven como si no lo hicieran, luego así dicen: Chuchita anda en el mundial, no somos de este mundo, hermana, que mal que ella ande en él. Si, no somos de este mundo y que complejo, porque no somos extraterrestres, porque aquí amanecemos todos los días y aún así, no somos de este mundo. Tenemos deseos, comemos, viajamos, estamos en este mundo. El mismo mundo donde habitan animales, legalistas, extremistas, ateos, los buenos, los villanos y el acto mismo del amor. Es el mismo mundo, donde hay prostíbulos donde “trabajan” niñas de trece años y hay quienes piensan que no tiene nada de malo, si es el trabajo más antiguo. El mismo jodido mundo donde se construyen templos para alabar a Dios sin brazos, mientras afuera hay miles, ¡miles! Muriendo en pobreza, donde somos criticad...

Ella ha nacido del lado malo

Sólo recuerdo que no era Julio, y que no llovía. Avispa más venenosa no había visto en toda mi vida; más que amarilla era negra. Chocaron debajo de ese arbusto; ella volaba bajo, y aquel descansaba en la sombra, como si hubiera trabajado mucho. Ahora mira a la chiquilla, ¿qué engendro hubieras pensado de aquellos dos, sino este? De aspecto mórbido y muy inteligente; ¡de nada le ha servido, eh! Todo el tiempo anda muy sola, se sienta en medio del invernadero y ríe sola. No sabe más que tararear la misma canción, y picarse la nariz cuando cree que nadie la ve. Eso sí, pregúntale como llegar al sol y veras que te inventa un sendero razonable. ¡Es en serio muchacho! ¡Ponme atención! Deja de andar tigrillando, esa muchacha sólo te va a dar agua de atunes. No es que sea mala, es que nació del lado malo, su madre la parió en un campo de futbol. El único rasgo común que pudiera considerársele es su nombre; no te lo digo porque si no al rato vas a andar haciendo corazoncitos en la escuela, ja j...

Desagrado

Aquel era Jaspers. “Así soy yo”, se decía cada tarde junio, “y no soy una mala persona”, decía verdad. Aquel era Jaspers. Jaspers cambio. Dejó las playeras, usaba después corbata; leía a Marx, daba lectura ahora, a las páginas del periódico local. Aquel era Jaspers. Hace algunos años se le escuchaba: “Yo, sí, yo, Jaspers Quincy, soy libre, y no me interesa saber si soy una buena o una mala persona, porque están de más los juicios”. Aquel era Jaspers. Ayer se le decía: “Tu, si, tu, Jaspers Quincy, no eres un rinoceronte, usted es un joven varón, de pantalones caqui y nariz sospechosa”. Jaspers, hoy es un pato que se llama Lorenzo. Un tal Lorenzo no vuela, nada más porque no le parece razonable. Pero si emigra en los inviernos, se va Chicago a los conciertos de lodo y pamplinas musicales. Lorenzo es, que hubo de ser Jaspers y que hoy ya no sabe quién es. ¿Pato o rinoceronte? “¿Quién eres Jaspers? No se te reconoce como un Lorenzo, en todo caso se un Kafka, que la cara de a...

2 para 30

Cursé la preparatoria en una escuela de mujeres. El uniforme era rosa. Me sentía un bicho raro cuando entré, quizá porque mis intereses eran en gran medida diferentes a los de las chicas que adornaban los pasillos. Pasó un año (si se quiere dos semestres), ya no podía reconocerme: estaba enamorada de la danza, procuraba con mucho esfuerzo mantener un buen promedio, tener un novio que fuera músico (era requisito indispensable) y trataba de seguir leyendo tanto como antes, pero no podía. Entre clases y después de ellas, llegaban a mis manos hojas plásticas de muchos colores, con olor extraño, de contenido estúpido y por demás predecible; de todas aquellas tonterías que mis ojos recorrieron, recuerdo: como depilarse la ceja, lo que los chicos no deben saber de ti, veinte formas de maquillarte para este invierno, lo que las mujeres de 30 envidian de las chicas de 15. “Lo que las mujeres de 30 envidian de las chicas de 15”, no recuerdo que decía aquel artículo, pero aún puedo escuchar las...